Macrismo
El regreso de los noventa
Por Martín Rodríguez
Macri revive marchas federales, pero la historia es acontecimiento, después símbolo. Nadie fue invitado al “Cordobazo”.

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En una realidad gris, ganan los grises. En una realidad de vencedores y vencidos, quedan dos caminos. Una parte de la oposición a Macri revive en espejo, aceleradamente, la llamada “resistencia de los 90”. Se convoca a una “Nueva Marcha de la Resistencia”, “Nueva Marcha Federal”, “Un nuevo 17 de octubre”. Cualquiera diría: el acontecimiento primero, después el símbolo. Así funciona la historia, así se crearon incluso esos símbolos y siglas. No estaban escritos, nacieron, se grabaron, hicieron historia. A ningún estudiante cordobés el 28 de mayo de 1969 lo invitaron “al Cordobazo”. O como escribió Benito de Nursia para su “Regla”: No querer ser llamado santo antes de serlo, sino serlo primero para que lo digan con verdad. La agitación por hacer una “resistencia histórica” quema algunos cartuchos en la mano: mueve lo que habla de las cosas, de pérdidas concretas en estos meses intensos. Por eso el 4 de septiembre la plaza desbordó, y seis días antes (en la de la Resistencia) no había prácticamente nadie. El antimacrismo es anterior al macrismo, es la asociación de socorros mutuos de una sociedad alérgica al liberalismo, llena de sindicatos, organizaciones sociales y políticas. La Marcha del 2 de septiembre mostró un estado de unidad sindical imponente. Entonces ya no “cita” a aquella vieja Marcha Federal, es nueva, dice algo por sí misma, debería tener su propio nombre. La oposición es producción de nuevos símbolos.

Fue una marcha de “unidad de las bases” dijo Yasky, por la presencia de sindicatos de todas las centrales. ¿Terminará Macri su primer año de gobierno con el “mérito” de haber unido las dos centrales sindicales? Esa “unidad” gremial muestra una madurez política por ahora defensiva. Su desafío es la mutua aceptación entre quienes marcharon y las posiciones que cada uno tiene en torno a Cristina, Massa, el peronismo o la izquierda. Negar esa heterogeneidad es pensar un basismo abstracto. Las tramas políticas son muy concretas y desarticuladas entre sí en base a diferencias anteriores. ¿Cómo la leerá el gobierno? Apuntemos que si se movilizan docentes, bancarios, camioneros, judiciales, estatales, etc., marcharon también votantes del 51% macrista.

No obstante, ¿qué poder tienen las marchas? Escribió el historiador Ezequiel Meler después del viernes: “Una movilización hoy, significa menos que hace veinte años. (…) Las mayorías silenciosas pueden más que las minorías movilizadas, por imponente que sea su imagen. Pero no sobrevalorar no es lo mismo que desestimar. Hay un núcleo social que sigue pensando el espacio público como una arena de disputa. Y eso, en estos tiempos de modernidad tardía y periférica con destellos post políticos, post ideológicos, merece un cierto respeto. Es parte de la realidad, aunque ya no impacte como otrora.” Argentina viene con esto y todos los gobiernos lo soportaron: la disputa de las plazas. El supuesto “consenso del orden” es simultáneo al consenso práctico de que con plazas se logran cosas. Algo que incluso la centro-derecha argentina saboreó en los años kirchneristas.

Alfonsín quiso tener sus plazas y también tuvo muchas en contra. Quienes recuerdan su discurso aguerrido en la SRA de 1988 deben completar ese minuto con que el presidente había llevado sus jóvenes de la Coordinadora a vivarlo mientras lo chiflaban. Menem amagó con plazas propias (la “Marcha del Sí”) y terminó ignorando las muchas plazas opositoras. A partir de 1991 Menem dominó la sensibilidad de la “mayoría silenciosa” con su modelo del 1 a 1. De la Rúa tuvo sólo plazas en contra, y en las que finalmente asesinó. Duhalde fue autor de una sola gran plaza (la del 17 de octubre de 1998) y de una de las organizaciones territoriales más fuertes del Gran Buenos Aires: las manzaneras. Pero optó por reprimirlas siendo presidente, razón que expiró su poder. Era aparato sin plazas. Kirchner construyó plazas y aparato como ningún otro gobierno y enfrentó plazas (la de Blumberg, las de Gualeguaychú, las del campo, los cacerolazos de 2012, las de la CGT desde 2012, etc.). Todos los gobiernos leyeron, resistieron o produjeron plazas. Y mientras el kirchnerismo alimentó aparato, plazas y redes, el PRO sólo disputa las redes sociales como nueva dimensión pública. Su obsesión a “no perder las redes” podría ser la rima con el “no perder la calle” de Kirchner. Con ese estándar sería cada vez más aceptable que la lógica denuncia sobre la existencia de “trolls oficialistas” no enmiende que un gobierno se reduzca en pleno siglo 21 a un “Ministerio de Prensa y Difusión” para enviar gacetillas a la radios. Las redes sociales constituyen un nuevo campo político que desafía el gobierno de la sociedad. A la vez, la calle no es el espectro vivo del pasado siglo XX, sino una parte vital del siglo XXI, aunque reviva en ella las tradiciones. Lo saben en Europa, en Medio Oriente (con su paradójica primavera árabe) y en América del Sur (Brasil, Ecuador, Venezuela, Bolivia o Chile). Días atrás un sacerdote amigo (y amigo de Francisco hace años) respondió a la pregunta sobre si el Papa tenía miedo a un ataque de la propia Iglesia por su reformismo con esta buena frase: “No, mientras tenga San Pedro llena de gente”.

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“La Matanza no es de ningún político, es de los vecinos” dijo María Eugenia Vidal en la planta de la bebida nacional Manaos en La Matanza. No es de Macri, no es mía, no es de la intendenta Verónica Magario. ¿Qué pasa en La Matanza, qué pasa en “la provincia”? Pasa lo de siempre: la macrocefalia argentina. Mirando el 2017 todos creen, actúan y promueven que se define ahí el futuro del gobierno: En la elección de la Provincia de Buenos Aires. Vidal dijo eso un día antes de la marcha. Vidal es la marca social del PRO. Y si se sabe que esa elección es la madre de todas las batallas, La Matanza es la partera. El PRO lo sabe y resuelve: vota el cepo a la reelección indefinida de los intendentes bonaerenses, relanza la obra pública y discute dividir La Matanza en cuatro nuevos municipios. Lo hará, no lo hará, no importa. Importa la obsesión: Cambiemos gobierna más municipios bonaerenses, pero como escribió Santiago Rodríguez Rey en Bastión Digital: “Tomando en cuenta los habitantes registrados durante el último censo, el PJ aún gobierna sobre más de la mitad de ellos.” La Matanza: 2 millones de habitantes. Hola país.

La elección de 2015, hecha en tres tiempos, mostró una fragmentación del voto que se hizo patente en 2013. De hecho, cuando una parte del kirchnerismo llama a construir una “nueva mayoría” asume las condiciones de la época: hoy no existe una mayoría ni amarilla, ni kirchnerista, ni peronista. Esta fragmentación motiva la modestia: todos (PRO también) se conforman con tercios. ¿Por qué? Porque también así el sistema político te deja ganar. Cambiemos ganó en tres tiempos, demostrando que la superación del 50% si no la tenés te la da el sistema en el balotaje, yendo despacito y apuntando al centro. La distancia entre CFK y el peronismo quizás también deriva de este cálculo: ¿y si al kirchnerismo le alcanza con ser lo que es? Por ahora afirma tener ese tercio en la PBA como base pero una fila de peronistas que se le desmarcan (desde el senador Juan Manuel Abal Medina, el gobernador chaqueño Domingo Peppo o hasta la ya citada jefa comunal de La Matanza). El kirchnerismo careció siempre de políticos electorales, lo que reduce todo al nombre de Cristina… y Scioli. Y no se trata de que aún sea fuerte en la PBA (CFK resiste mil denuncias, es granítica), diría también que sólo tiene chances de demostrar fortaleza ahí en “la Provincia”, siendo que en la CABA tiene militancia pero pocos votos, y en el resto de las provincias los peronismos dicen darle la espalda. ¿Cambiaría esto en un triunfo rutilante de CFK en la provincia?

Pero tanto bonaerensismo nos va a matar. Somos una Nación. El PRO ganó en 2015 porque compitió en PBA, pero tejió alianzas estratégicas en el resto: ganó, literalmente, por los votos de Córdoba. Ganó, estructuralmente, por su eficacia retórica en el AMBA y su pregnancia chacarera en la Pampa Húmeda. Ganó en la zona núcleo y la CABA: Clarín + Soja. ¿Qué pasa en el peronismo tucumano, entrerriano, santafecino, mendocino, etc.? ¿Y qué hará el PRO con esos peronismos? Demasiado pronto para opinar.

Entre la plaza y los dilemas de la política media una distancia. ¿Cuál fue el problema para aprender de los años 90? Que el sistema político y lo social caminaban en paralelo casi sin puntos de contacto. Lo social no era político, lo político no era social. Ya se aprendió a no repetir ese error. 

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El cordobaso fue el 29 de mayo del año 1969.