OEA
El blindaje de Almagro con Biden
Por Milton Merlo
Detalles e intrigas detrás de la cumbre de la CELAC en México.

El canciller Marcelo Ebrard alista los preparativos para este sábado recibir en la Ciudad de México a presidentes y cancilleres de América Latina en el foro de la CELAC. Dice que se discutirá sobre tecnología aeroespacial, un fondo para desastres naturales y políticas sanitarias comunes a raíz de la pandemia. Pero la realidad es que el objetivo primordial de la reunión es buscar acuerdos para forzar una salida de Luis Almagro de la OEA.

Una ambición que Ebrard comparte con Andrés Manuel López Obrador, pero a la cual llegaron por caminos diversos. El presidente, producto de largas conversaciones con el ex mandatario boliviano Evo Morales, está convencido de que Almagro es un ariete de las agencias de seguridad de Estados Unidos para operar en América Latina y tener injerencia política. Este es un tópico que fascina a López Obrador y que se remonta al golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile, en 1973.

Los motivos del canciller, en cambio, son un tanto más terrenales. Según ha deslizado tiempo atrás el secretario de Hacienda Rogelio Ramírez De la O, que en privado tiene fuertes objeciones políticas sobre Ebrard, el motivo de la disputa se remonta a la fase inicial del sexenio de Enrique Peña Nieto, cuando Ebrard tuvo que pasar a la clandestinidad para no ser arrestado por expedientes que involucraban a su gestión en la CDMX. Según esta tesis, un allegado a Ebrard buscó auxilio en Almagro, que entonces era canciller del gobierno de José Mujica en Uruguay. Pero la llamada no fue respondida.

En esos tiempos Ebrard se consideraba un perseguido político y así describía su situación. Lo mismo que sucede por estos días, cuando dirigentes del PRI y del PAN son recibidos por Almagro en su despacho de la OEA para declarar que la 4T vulnera sus derechos políticos. Una comparación que agita el malestar del canciller para con su adversario en Washington DC.

Ebrard habla de dejar de lado a la OEA y reemplazarla por la CELAC pero en realidad solo se trata de dejar de lado a Almagro. Este giro es posible siempre y cuando se reúnan los votos y Estados Unidos, que aporta el 50% de los fondos de la OEA, acompañe el movimiento.

Almagro por estos días tiene una relación estrecha con la administración demócrata. Cuando llegó a la Secretaría General de la OEA en 2015 fue gracias al impulso del entonces vicepresidente Joe Biden, pero fundamentalmente gracias a Julissa Reynoso, que era la embajadora de Estados Unidos en Uruguay en ese entonces. Actualmente Reynoso es la jefa de gabinete de la primera dama Jill Biden.

A esta relación fundamental se agrega la sintonía con otros actores de peso como el encargado para América Latina Juan González (Almagro es muy amigo de su mentor Arturo Valenzuela), el consejero de Seguridad Nacional Jack Sullivan, el número dos de la CIA David Cohen (los une el sistema de sanciones financieras contra Venezuela) o el senador Bob Menéndez, originario de Nueva Jersey y el hombre más cercano al laboratorio Pfizer en el Capitolio. A este complejo entramado se enfrentan AMLO y su canciller.

Esta sintonía no es una novedad. Cuando Donald Trump estuvo en la Casa Blanca su respaldo fue absoluto y se le dio una libertad total para embestir contra Caracas y lanzar el Grupo de Lima. El ex canciller mexicano Luis Videgaray suele decir que Almagro y él mismo tuvieron la ventaja de entender que Trump iba a ganar la presidencia en 2016 tres meses antes de la votación, lo cual les dio la posibilidad de tender puentes cuando Trump era el hazmerreir en toda la política occidental y Hillary Clinton lideraba en todos los sondeos.

Para la diplomacia mexicana es fundamental este fin de semana la presencia de los presidentes que no necesariamente comulgan con sus parámetros ideológicos. Por eso la insistencia absoluta en que participen Luis Lacalle Pou, Guillermo Lasso y Sebastián Piñera. Esa necesidad explica la ausencia de Nicolás Maduro y en su lugar la presencia de su vicepresidente. Un interrogante que, siguiendo esa lógica, sobrevuela la organización: ¿No habría sido conveniente no convocar a Miguel Díaz Canel y en su lugar recibir a su canciller?

Ebrard cuenta con los respaldos absolutos de Luis Arce y Alberto Fernández. Ambos gobiernos suscriben la teoría injerencista de la OEA de Almagro en América Latina. Pero hay otras motivaciones de fondo. Como por ejemplo esa idea que sobrevuela en el staff de la Cancillería de que Cristina de Kirchner es quien pretende suceder a Almagro. Una ambición que hoy suena atemporal y lejana, especialmente si se considera que el pasado fin de semana el Gobierno que ella y Fernández encabezan fue vapuleado en unas elecciones primarias.

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