Seguridad
Los estallidos que vienen
Por Jorge Luis Vidal
Las promesas incumplidas hacia toda la sociedad en materia tanto económica como sanitaria también desilusionan a las fuerzas de seguridad a las que se les prometió trato prioritario y quedaron relegadas.

La decisión presidencial de realizar una de las cuarentenas más largas del mundo en 2020 -ante el temor que la pandemia desatada desnudara desinversión en el sistema de salud- muestra hoy sus consecuencias concretas. Si el 24 de abril del año pasado señalábamos la existencia de "La bomba del Gran Buenos Aires", un año después toca advertir que se multiplicaron los posibles estallidos, lo cual hace más difícil desactivarlos, y puede generar una reacción en cadena.

La carrera de las explosiones

En el aspecto económico, el aumento del índice de precios al consumidor para el primer trimestre de 2021 alcanzó el 13%, y hace muy difícil cumplir la promesa de reducir el guarismo anual de inflación del año anterior, 36%. Esto impacta directamente en la capacidad de compra de las familias, que además se potencia con el aumento de la pobreza al 42% y el incremento de la desocupación y el cierre de comercios por imposibilidad de abrir.

En el aspecto sanitario, la incapacidad de cumplir con el acceso a la cantidad de vacunas prometidas, así como los desmanejos de priorización de amigos y militantes jóvenes, socavaron el inexistente plan. Hoy enfrentamos el riesgo del colapso de la atención médica, con una segunda ola que amenaza corporizar lo sucedido en otros países sudamericanos: enfermos atendidos en pasillos y muertos en las calles.

En el aspecto social, la liberación de presos por razones "humanitarias", así como la nula planificación del uso de las fuerzas de seguridad, la escasa inversión en la agilización del sistema judicial, eclosionan en el terror que siembran motochorros, o en el temor internalizado de quienes ingresan o salen a sus domicilios: sufrir una entradera o salidera es una posibilidad muy real.

¿Y los trabajadores?

Luego de ganar las elecciones en 2019, la fuerza política que dice representar a los trabajadores tomó decisiones totalmente lesivas para sus seguidores. Se aceleró la transformación de sus interlocutores: al pensar que todo se soluciona imprimiendo dinero y repartiendo planes sociales y subsidios, se dejó de lado el premio al esfuerzo.

Al cerrar la economía por los temores sanitarios, el sentido estructurador que da el trabajo se perdió: estar encerrados en la casa, con o sin cobrar el sueldo, con más o menor ayuda del Estado, sometido a la ausencia de perspectivas temporales de mejora, dañó lazos familiares y deterioró a la sociedad en su conjunto.

Es decir, la política sanitaria del encierro se ensañó directamente con el "laburante", que pasó a ser destituyente por querer trabajar, por desear que sus hijos vayan a la escuela o, según la última intervención del presidente, por operarse una cardiopatía o tratarse un cáncer.

En ciertas geografías como el Gran Buenos Aires, las familias orgullosas de vivir del trabajo diario peleaban día a día contra los delincuentes que querían reclutar a sus hijos como soldaditos, dealers, prostitutas o asistentes de robos, hoy perdieron la batalla. El progreso económico no está en el esfuerzo, no está en el estudio, no está en el trabajo: ganan los chorros, sea que no los descubran, o que los atrapen y los liberen rápidamente. Quizá, hasta les pidan disculpas.

El desprecio por los valores del trabajo que el actual partido gobernante a nivel nacional y en la mayoría de las provincias dice representar, sólo genera la descomposición de la sociedad, y nos coloca ante la amenaza del infarto: porque te encañonan, porque no llegas a adquirir tu sustento, porque el hospital no tendrá una cama para vos, o porque tus hijos se exiliarán, hartos de no tener futuro.

Triste destino el que hicieron quienes nos gobiernan.

¿Y las fuerzas de seguridad?

Qué decirles a esos hombres y mujeres, mal o bien adiestrados, pero ciertamente mal pagados, que tienen que soportar la inmensa tarea y responsabilidad de sostener como mínimo el orden en este desaguisado de dimes y diretes entre jurisdicciones que se tiran la pelota una a otra culpándose de los males que, por acción u omisión, ambas supieron conseguir.

Nuevamente qué decirles... cuando escucharon ya hace casi mas de un año de boca de sus dirigentes políticos que serían garantes del control del desplazamiento, que su accionar salvaría vidas, que iban a estar en la primera línea del orden, como corresponde, que serían personal esencial, a quien se contemplaría y vacunaría en orden primero. Hoy son tan laburantes mal pagos como cualquier otro trabajador changarín, como cualquier persona que vive de la economía informal. Porque ese policía no vivía de su sueldo solamente prepandemia: eran las adicionales de fútbol, bancos, financieras, custodias, vigilancias en supermercados, en boliches bailables, etc, cuyas actividades fueron suspendidas, o cuando menos reducidas en horarios de funcionamiento, las que complementaban su sueldo, o lo hacían más digno.

Y, hablando de estallidos, recuerden el movimiento de reclamo fuertísimo realizado por esta policía provincial, como no se había visto en muchísimos años allá por el mes de setiembre 2020, donde ya no policías con vocación, sino trabajadores centennials y millennials vestidos de policías, ante la atónita mirada de inmóviles dinosaurios uniformados, reclamaban con megáfono y bombo cual trabajadores despedidos de un frigorífico, que se les recompusieran sus escalas salariales.

Efectivamente, quienes tienen la responsabilidad de marcar las políticas económicas y de salud del país, redujeron a estos profesionales de la protección, del servicio y del orden, a la categoría de servidumbre uniformada.

Una verdadera pena. Los relojes de las múltiples bombas continúan encendidos, todos los políticos corren y se chocan entre sí, pero no encuentran el manual para desactivarla. 

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