El ala política ningunea a Lousteau
Carlos Zanini, Rudy Ulloa y Juan Carlos Mazzón suelen criticar socarronamente el estilo palermitano del futuro ministro, al que llaman “un Prat Gay sin rosca política” y objetan sus “aires de galán”. Qué pasó en el viaje a Brasil con Cristina. Por qué se sumió en un profundo silencio y la desconfianza del propio Kirchner.
El designado ministro de Economía, Martín Lousteau, ya acumula demasiados nubarrones antes de haber asumido en el cargo. A las dificultades que enfrenta para armar su equipo, se suman ahora fuertes objeciones del ala política de la Casa Rosada.

Los más exagerados ya deslizan rumores de renuncia y hasta arriesgan un reemplazante: el ex secretario de Hacienda porteño y negociador clave de la deuda en default, Guillermo Nielsen. Este hincha de independiente, nieto de daneses y vinculado al radicalismo, ha logrado apartarse prudentemente de Roberto Lavagna y hoy mantiene una excelente relación con la cúpula del kirchnerismo.

Pero difícilmente la presidente electa esté dispuesta a despedir a su flamante estrella –estigmatizada en la tapa de la revista Barcelona-, antes de tiempo. Lo que si se vive en la Casa Rosada es un profundo abismo, que algunos sociólogos podrían catalogar de cultural, entre el joven Lousteau y los curtidos alfiles políticos del kirchnerismo.

“A Lousteau lo metió Alberto Fernández y Cristina lo aceptó”, fue la escueta explicación que recibió La Política Online sobre el real sostén político del futuro titular del Palacio de Hacienda. Sin embargo, el propio Néstor Kirchner se divierte mandando mensajes contradictorios sobre la suerte del graduado de la exclusiva universidad privada del San Andrés, que promociona su designación en su home, en un muy poco sutil intento de captar más clientes –o alumnos-.

“No se equivoquen, Martincito es mío”, comenta por ejemplo el Presidente, para deslizar días después “las cuentas de Economía y de Planificación las voy a manejar yo" desde la Fundación Grupo Calafate, con proyectadas oficinas en Puerto Madero. O sea, por si alguien tenía dudas, la sede del “nuevo” gobierno, se mudará algunas cuadras hacia el río, por lo menos en lo que a la economía se refiere.

Galanes y silencios

“El primero de tu equipo que hable con la prensa se va, nosotros nos manejamos así”, fue la frase seca que utilizó Cristina Kirchner para introducir a un demudado Losteau en los códigos del kirchnerismo. El comentario fue durante el viaje de la presidenta electa a Brasil junto a su gabinete, que permitió a pingüinos curtidos como Julio de Vido compartir algunas horas con la nueva adquisición.

“Se la pasó hablando como si estuviera dando clases, en tono doctoral, una payasada”, se ríen los hombres políticos de la Casa Rosada –a excepción obvia de su tutor, Alberto Fernández-, cuando recuerdan las “exposiciones” con los que los agració Lousteau. No son precisamente los firuletes intelectuales los que mueven la libido de los kirchneristas.

“Es un Prat Gay sin rosca política”, arriesga uno de ellos y agrega “el Presidente lo tiene ahí, piensa que se va a terminar yendo como hizo Alfonso, cuidando su ´prestigio´”. Todos recuerdan con cierto cariño a Peirano, no por su nivel técnico, que no les importa, sino porque “ese tenía más calle”.

Aunque reconocen que fue un error del saliente ministro “salir a operar contra Moreno por los diarios, ahí en definitiva fue víctima de una jugada que salió muy mal de Alberto”, agregar, reforzando su tradicional paranoia que los lleva a adjudicar al jefe de Gabinete todo lo malo que les sucede.

Sugestivamente, Lousteau parece haber entendido el mensaje con claridad, ya que a días de haber sido designado se cuidó de filtrar a Clarín un mensaje conciliador hacia el Secretario de Comercio Interior, con quien manifestó “no tendría problemas” en trabajar en conjunto.

Tan obsesiva es la mirada kirchnerista hacia los medios, que el affaire por el paper trucho del supuesto plan de Lousteau, lejos de perjudicarlo lo benefició. “Dejalos que digan cualquier cosa, que se enreden, no aclares nada”, lo conminaron divertidos desde la Casa Rosada.

Como sea, los pingüinos deslizan un último mensaje, “habría que empezar a leer El periódico Austral que tiene Rudy (por Ulloa), si comienzan a salir notas críticas de Martincito (por Lousteau), ya está todo dicho”. Apenas un capítulo más en las internas del poder, otra costumbre argentina.