Gobierno
¿Y cuándo se hunde el Titanic?
Por Hernán Madera
Las peores profecías no se van a cumplir, pero el rumbo es toda una incógnita.

 En 1976, la familia Gainza Paz, dueña del diario La Prensa, rechazó participar en el oscuro negociado de Papel Prensa, el primer dominó de lo que llevó al diario Clarín a convertirse en el holding de telecomunicaciones que hoy es. En 1990, el juez de la Corte Jorge Bacqué renunció cuando sintió que ese tribunal ya no era independiente con la ampliación que había resuelto el PJ. Lo mismo hizo el también juez de la Corte Gustavo Bossert cuando la sociedad demandaba un gesto de su elite gobernante en medio del caos de 2002.

¿Quién recuerda estos gestos? ¿Quién los valora o siquiera menciona?

Nadie.

Entonces tenemos que pasar por alto toda la verborragia que nos inunda diciendo que el país necesita estadistas, grandes gestos y que los políticos deben quemar su capital en aras de un fin que mejore nuestra economía, como, por ejemplo, encarrilar la inflación, que, en naciones similares, se consiguió al precio de perder reelecciones o sucesiones.

Nada de esto va a suceder.

Entonces, no es una sorpresa que el dueño del unicornio tecnológico argentino se haya tirado de cabeza cuando le ofrecieron negocios con la ANSES (y así arruinado su trayectoria casi impoluta de no aprovecharse de grandes prebendas del Estado) o que las internas de gobierno sean más importantes que el propio país y que lo único que las detenga sea que el barco se asome al abismo y, por lo tanto, sus tripulantes a Comodoro Py.

La pandemia hará que en el mundo termine un episodio y empiece otro. Es un cambio del que todavía no se conocen la mayoría de sus consecuencias. Pero, en la Argentina, aún con la terapia intensiva saturada y con el 10% de nuestro PBI evaporado, seguimos económicamente en 1930 cuando perdimos nuestro gran mercado de exportación y políticamente en la misma aburrida grieta de 1946. Cómo no entendemos bien lo que nos sucedió después que no pudimos ni mantener índices dignos de pobreza (descartando explicaciones simplonas que no se las creen ni los que las dicen como que fue sólo por el "peronismo populista" o por la "oligarquía sin proyecto"), nos concentramos en lo que invariablemente sucede en un barco al que le está entrando agua por los cuatro costados: llevarnos con nosotros todo lo que podemos y subirnos al bote más próximo.

Pero, hay un problema con la trillada profecía de que vamos a tocar fondo. Para bien o para mal, lo más probable es que este Titanic nunca termine de irse al fondo del océano.

Argentina tiene divisas aseguradas: el campo. A grandes rasgos son entre 30.000 y 40.000 millones de dólares por año. Argentina también cuenta con un ahorro privado fuera del sistema financiero local muy alto para un país emergente, se sospecha que es un PBI entero o incluso más. Buena parte de esos capitales están dispuestos a volver si encuentran oportunidades, ya sucedió en 1991 y 2004. Nuestra fuerzas armadas fueron desactivadas, lo que es un paso adelante en una región donde los militares han hecho desastres gobernando, como lo están haciendo en Venezuela. Y, por último, la población argentina se empecina en aguantar de todo de su élite política y empresarial antes que caer en la anarquía o en una guerra civil. Sigue apostando, como puede, a la educación y a la superación personal.

Entonces, ¿Hay barco averiado por todos lados? Sí. Pero ningún hundimiento definitivo.

Es en este contexto que la Argentina vive la pandemia.

En octubre de 2019, un experimento electoral ganó la presidencia. Ese experimento se puso en práctica en 2020 en plena crisis mundial. Al comienzo, como los televidentes argentinos se asustaron con lo que sucedía en las madres patria de España e Italia, la cuarentena dura fue muy popular. Esta popularidad y la escenificación de una alianza con los gobernadores se vieron como la posibilidad de poner fin a las consecuencias del experimento electoral que antes mencionamos: la independencia del primer mandatario de su vice se iba a proclamar antes de lo pensado.

Además se podía emitir, porque el PRO había dejado una economía endeudada pero desmonetizada, así como en 2015 el PJ había dejado una economía desendeudada pero descapitalizada. Y así como Macri en su primer año ya había hecho volar por el aire el desendeudamiento, Fernández empapeló el país de pesos en poquitos meses (una muestra de cómo funcionamos).

El broche de oro fue el canto de sirenas que cada tanto sabe ser un hit en nuestro país, se afirmó: "este año no van a faltar dólares". Economistas, conferencistas y columnistas -que ahora se hacen los distraídos- aseguraron que la caída de las importaciones y el fin del gasto de los dólares del Banco Central en el exterior por parte de turistas argentinos aseguraban que 2020 sería atípico: sobrarían divisas. Hoy, como consuelo, podemos evaluar que al menos no usaron el verbo "llover".

Pero la realidad se impuso y el microclima albertista colapsó.

La misma sociedad que exigía cuarentena dura y ponía en riesgo su propia salud mental, se hartó, principalmente, porque se empobreció por las restricciones. Y, como casi siempre en nuestro país, el Estado no tiene ya dólares, ni cabeza chica ni cabeza grande.

La cotización paralela empezó a subir feo y la helada agua del océano salpicó la cara del capitán del barco, que resolvió dar un tremendo volantazo: más supercepo y, enojado, hizo declaraciones temerarias como que "los dólares no son para guardar" e -increíblemente- también habló sobre los depósitos. Después de cuatro meses, la ilusión independentista había terminado. Y el sueño de la Argentina con divisas sobrantes se convirtió en la pesadilla de siempre previa a la cosecha gruesa.

Volvimos a una Argentina más normal, donde a la prensa opositora ya se le gastó la cantinela sobre el éxodo a Uruguay y ahora va a machacar con que si se elimina esa encuesta de 100 millones de dólares pagada por el Estado llamada PASO, vamos camino a ser Venezuela. El electorado no peronista se ilusiona con otro Jefe de Gobierno de una ciudad rica (en un país pobre) que no tuvo ni tiene oposición y que no sabe lo que es gestionar con una CGT y un PJ claramente en la vereda de enfrente. Y el oficialismo se entusiasma rascando microdatos del obvio rebote y con cada bando de su interna celebrando sus pequeñas victorias sobre el otro.

El Titanic sigue su rumbo. Pero, atrapados en Black Mirror, no hay ni puerto de llegada ni iceberg. Solo entra mucha agua, en los camarotes no quedan ni los cuadros y la banda sigue tocando.

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....pero el agua sigue entrando, y las bandas siguen afanando...
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Argentina no es un país pobre: es un país empobrecido.